LA ERA DE ACUARIO

LA ERA DE ACUARIO
(Algunas notas a partir de la obra reciente de Javier Pulido)

Om namah shivaya

EL BUDA

Elisabeth Vogler (magistralmente interpretada por Liv Ullmann) es una actriz ingresada en un psiquiátrico tras quedarse muda de forma misteriosa durante la representación de la obra de teatro Electra. Es de noche y está sola en su habitación. Percibimos las noticias que desde un televisor nos informan sobre los últimos acontecimientos de la guerra de Vietnam; vemos los destellos y parpadeos catódicos del aparato reflejándose en el cuerpo en camisón y luego sobre el rostro de la actriz, que aterrada, se va confinando lentamente en una esquina de su reducida habitación. Se tapa la boca, llora; pero no puede evitar dejar de mirar. Vemos por sus ojos las imágenes narradas: alborotos, gente corriendo, policías que tratan inútilmente de poner orden entre el gentío. Ahora es cuando la cámara lo enfoca: es un hombre, que en la postura del loto, se autoinmola después de que otros compañeros lo hayan rociado de gasolina. Algunos viandantes se arrodillan apresuradamente ante él. Está inmóvil, quieto, en silencio; nada parece que lo pueda extraer de la meditación inmutable de su letal asana. Podría ser una imagen bella de no tratarse de algo tan horrible. De hecho no podemos evitar sentir la hermosura de este instante de extremo dolor. Esto nos puede causar sensaciones contradictorias; nos podemos sentir molestos, inquietos, horrorizados, compasivos… Podemos sentir vergüenza por admirar (estéticamente) este capítulo deleznable de nuestro pasado más reciente. Elisabeth Vogler, acurrucada, gime de horror. Es el único momento de la obra maestra de Ingmar Bergman (Persona, 1966) en que la protagonista emite un sonido.
El primero se llamaba Thích Quảng Ðức, era un monje budista que se suicidó en una de las zonas más concurridas de Saigón, capital de Vietnam del Sur, el 11 de junio de 1963. Lo hizo como forma pacífica de protesta contra el sometimiento inferido por el gobierno vietnamita hacia su pueblo y hacia su congregación. Parece ser, que tras su muerte, su corazón permaneció intacto y fue considerado desde entonces como sagrado y puesto posteriormente, bajo el cuidado del Banco Nacional de Vietnam. El fotógrafo norteamericano Malcom Browne inmortalizó el momento en una fotografía memorable para la agencia Associated Press por la que ganó el premio Pulitzer en 1964. El acto de Thích Quảng Ðức inauguraría una forma de protesta en el sureste asiático denominada tradicionalmente «quemarse a lo bonzo».
Las obras de Javier Pulido de estos últimos años regresan a menudo a este acontecimiento (Monje bonzo I o Monje II, ambas de 2016). Con una potencia lisérgica propia del instante artístico del conflictivo y emocionante momento en que Thích Quảng Ðức cometió su acto, Javier, partiendo de la simetría y la belleza de la postura ejecutada magistralmente por este santo apócrifo, que a menudo forma un eje axial en las piezas, y a través del (aparentemente) caótico y ágil ejercicio de metáforas y referencias supuestamente inconexas que rodean a este «Buda universal», nos traslada a un mundo polimorfo y ambiguo. Un entorno, que por su cromatismo, nos podría parecer en un primer momento acogedor y lúdico, pero que al poco, como toda obra comprometida, nos ubica en el verdadero espacio donde se desarrolla su discurso: el de la denuncia.
Cuando rastreamos atentamente sus collages de intrincadas cartulinas entintadas empezamos a comprender esta denuncia. Una declaración que se remonta a años atrás, cuando sus obras transitaban el lumpen tangencial de una sociedad que por entonces crecía y enriquecía a pasos agigantados, como si el maná fuera a caer del cielo ad infinitum santificándonos a todos en el delirio neoliberal que se empezó a gestar por los años en que Thích Quảng Ðức se autoinmolaba en la lejana Indochina de nuestros televisores. Aquellos hombres anónimos pero uniformes (siluetas negras con rostros neutros, sin rasgos) entonces, construían, modelaban, fabricaban… en los abismos de un submundo oscuro y húmedo que nos negábamos a ver y, por supuesto, a visitar. Como se negaban a ver los personajes que habitaban el paraíso terrenal de la Metrópolis de Fritz Lang a las legiones de obreros que hacían funcionar ese idílico y tecnificado universo desde sus profundidades hediondas. Un universo basado en un sistema económico y social condenado a la destrucción por su (i-lógica) escisión social (¿Nos recuerda a algo?)

LAS CAJAS

Quizá se trate de eso. De atrapar, reunir, ordenar, clasificar… Para luego deducir comportamientos y nombrarlos; establecer leyes más o menos universales. Desde la Ilustración el hombre ha tenido la necesidad de taxonomizar nuestro derredor. De encerrarlo en una urna para poder investigarlo y explicarlo. ¿Pero se puede explicar todo? ¿Nos hemos vuelto demasiado racionales y es por esto que estamos dejando de sentir? A Elisabeth Vogler solamente le salía un tímido gemido de la garganta. Un sonido gutural. Como el que nos despierta mojados de sudor por las noches. ¿Estamos enmudeciendo de pura indefensión?
Las cajas de Javier Pulido, que si bien se pueden entender como una consecución contemporánea de las cajas bric-à-brac de Joseph Cornell o las de Kurt Schwitters, no participan del sentimentalismo pseudo-victoriano del primero, ni de la acumulación dadá o povera del segundo. Atrapan seres misteriosos que comparten, sin embargo, el factor surrealista de estos artistas del siglo XX. Son siluetas negras con rostros anónimos que recuerdan a las obras que describían el submundo al que me refería más arriba: obras de comienzos del siglo, donde como digo, nuestro artista parecía denunciar esas injustas desigualdades que podíamos ver en nuestros telediarios (los niños de las minas de coltán en la República Democrática del Congo, las mujeres cosiendo en atestados e insalubres edificios de Bangladesh; los chiquillos recogiendo deshechos digitales en los vertederos tecnológicos de la desembocadura del río Niger…) y que ahora nos inquietan amontonados al otro lado de nuestros muros de concertinas. Pero no. No parecen los mismos. Éstos manejan, no son manejados, más bien mueven, pergeñan…
Algunas de las cajas de metacrilato de Javier Pulido encierran otro tipo de anonimato más siniestro. Sin abandonar su estética colorista y luminosa, Javier parece mostrarnos en esta ocasión la cara oculta de la luna. El otro lado de la desigualdad. Encerrados en habitáculos transparentes los vemos mover los hilos desde arriba. Como trasunto moderno de las Parcas mitológicas, estos «hacedores» manejan sin ambages (sin que les tiemble la mano) el destino de seres inferiores que cargan con pesados fardos. A menudo se trata de perros, «nuestros mejores amigos», —¿sería demasiado cruel decir que su sufrimiento parece conmovernos más que el humano? —. Cajas para ver y comprender, pero también para sentir (movernos a la compasión) de una forma bella: los hilos que penden de esos entes anónimos se transmutan en rizomas intrincados que se cruzan y entrecruzan, pero que suelen terminar en corazones. Como ese corazón del que hablábamos antes, encerrado también en una caja: ¿será verdad que se encuentra en una entidad bancaria? A veces la historia, además de cruel, resulta irónica.

EL HOMBRE CARGADO

Pero tal vez me esté desviando. Las obras de Pulido son comprometidas, pero van más dirigidas a lo local, al plano de lo cotidiano, no tanto a lo general. En esto insiste mucho nuestro artista. Aunque, obviamente, las problemáticas de orden mundial nunca nos hayan involucrado tan directamente a todos como desde que hemos sido convencidos de que compartimos esta «aldea global» que preconizara Marshall Mcluhan (allá por la década de los sesenta otra vez), desvirtuada ahora al término «mundo globalizado», que como todos sabemos, carece del sentimentalismo utópico de ese mundo unido por la interconexión humana a partir de los nuevos medios de comunicación que predicara con desafortunado desatino el filósofo canadiense. Es cierto que estamos más unidos, sí, pero «de otro modo».
Conocí la obra de Javier Pulido antes que a él mismo. Fue en 2004. Y en un ejercicio odioso pero imposible de eludir, lo relacioné con la obra de un artista fundamental del panorama nacional de la segunda mitad del siglo XX: Eduardo Arroyo. Ambos poseen un cromatismo vivo y rico, de perfiles bien delimitados y una propensión hacia los colores primarios de tintas planas; los dos se mueven en una figuración, cercana en su estética al lenguaje pop. Y en lo temático, ambos optan por que sus obras discurran a través del terreno de lo literario (en cuanto a que parecen narrarnos historias, no fijar lugares o momentos sin más) a partir de un rico y complejo mundo de referencias icónicas, que a menudo pertenecen al ámbito privado. Característica ésta que hace más crípticas sus obras, sin permitir un acercamiento fácil. No descubrimos a la primera el significado de sus piezas. Es más, tal vez nunca lo descubramos del todo (y esto, a mi entender, hace más enriquecedor nuestro goce como espectador), ya que, en el caso de las piezas de Javier Pulido, presumo que suponen para él un ejercicio cercano al automatismo, con todo el componente subjetivo que conlleva
Pero lo relacionaba especialmente con la serie Madrid-París-Madrid, realizada por Arroyo entre los años 1984 y 1985. En estas piezas, un hombre de espaldas, cargado de abundantes cachivaches, avanzaba hacia un horizonte de un azul que nos recordaba al cielo madrileño, donde despuntaba una botella de Tío Pepe. Con un estilo muy diferente, Miquel Barceló realizaría algo parecido en 1998 para la iglesia de Santa Eulalia dei Catalani, en Palermo. Se trataba de una obra sobre papel en la que un hombre, igualmente de espaldas al espectador, caminaba acarreando una desvencijada bicicleta. Ambos ejemplos nos narraban las odiseas cotidianas de nuestro día a día. En el caso de la serie de Arroyo, el desesperado deambular de los refugiados políticos, y en la obra de Barceló, los actos cotidianos y heroicos de seres anónimos, que, sin estar canonizados por ninguna institución, son alzados a los altares de una desacralizada iglesia siciliana. Esto es algo muy presente en los collages y los assemblages de metacrilato de Javier Pulido. En su obra no es difícil encontrarse con seres más o menos desvalidos que caminan con empecinamiento a pesar de ir con una pesada carga o arrastrando elementos que lastran lastimosamente sus pasos (Corredor de fondo, 2016).Al igual que el protagonista del admirable film de Tony Richardson de 1962, los personajes de Javier Pulido —«corredor de fondo» él también (en el sentido literal y figurado)— parecen proceder de un entorno proletario y redimir sus faltas contra el sistema en una carrera obsesiva hacia ninguna parte, que les sirve como catarsis a partir de la reflexión sobre sí mismos y del lugar que ocupan en este universo globalizado. Parecen escindirse por momentos de un mundo ajeno que dejan atrás (como le decía el misántropo guionista de cómics underground Harvey Pekar al presentador David Letterman en su famoso Lateshow televisivo: «Este es tu mundo, tío, yo sólo vivo en él»). Los seres anónimos de Pulido no parecen ser de este mundo, sino que parecen querer habitarlo con agónica tenacidad.

LA ZONA

También hay un perro que merodea, que parece conocer el camino que une los dos universos que aparecen en sus últimos collages formados por la superposición de dos planos: uno superior, donde sus composiciones de cartulinas entintadas y recortadas conforman complejos escenarios donde los elementos analizados anteriormente confluyen en una difícil convivencia (seres oprimidos y seres opresores; misteriosos budas áureos, bidones de combustible, armas…); y un plano inferior donde, en una deriva hacia una previsible abstracción, concibe una suerte de ventanas abiertas al universo. Todo ello a partir de gouaches o tinta china sobre papel con inmensos cielos nocturnos estrellados y esferas celestes que parecen estar tejidas por una urdimbre de alambres de espino. No deja de sorprender que el plano estelar en estas composiciones aparezca debajo del plano mundanal, cínico y cruel, y que éste, a veces, muestre un aspecto tan amenazador o inalcanzable.
El perro, cabizbajo y con la cola entre las patas, transita como un médium por parajes inquietantes, como aquel otro de Stalker, la cinta soviética de Andrei Tarkovsky de 1979, donde otro mediador, el que daba título a la película, ayudaba a los desgraciados habitantes de un mundo post-nuclear a llegar hasta “la zona”, un misterioso lugar al que no se podía acceder directamente, sino zigzagueando, atravesando una naturaleza cruelmente modificada por el hombre. Un paisaje que cambiaba a cada instante y sin previo aviso. «La zona exige ser respetada. No sé que sucede aquí cuando no hay nadie, pero basta que entre alguien para que todo se ponga en movimiento de inmediato», comentaba el guía en algún momento del filme.
En la zona, los sueños de los desesperados que llegaban se hacían realidad, y hasta ella sólo podían llegar aquellos que eran guiados por un Stalker, seres que habían sido elegidos quizá por su inocencia, y que realizaban estos trabajos de manera altruista, jugándose la vida, pues un Estado coercitivo cercaba la zona y la vigilaba con una policía que no dudaba en disparar a quien intentaba atravesarla.
Como en tantos otros mitos, sólo los seres inocentes podían llegar a los paraísos, y sólo manteniéndose puros podrían permanecer en ellos. El Stalker de Tarkovsky llevaba con él un perro, que inmune a las corruptelas de la humanidad, atravesaba la zona a su libre albedrío. Este perro que aparece en las obras de Pulido nos lo recuerda. Imbuido por una santidad desinstitucionalizada, como sus «hombres cargados», o sus «budas-bonzo», o sus «corredores de fondo», estos perros parecen tener la capacidad de atravesar las zonas insondables donde se forjan los sueños de la humanidad corrompida (esferas celestes recubiertas por alambres de espino).

ACUARIUS
This is the dawning of the Age of Aquarius

No somos pocos los que pensamos que no estamos viviendo una época de cambios, sino un cambio de época. De todas las piezas que se muestran en esta exposición de las obras más recientes de Javier Pulido, hay una que me parece estremecedoramente elocuente en este sentido: aquella en la que observamos un buda incandescente que parece presenciar en su meditación un barullo desconcertante a su alrededor (Monje II, 2016). Pero el monje no participa; permanece aparentemente inmune, silencioso, contemplativo… ajeno a todo este desorden; pero activamente concentrado. Esto creo que es fundamental: el monje no actúa, más bien parece estar mentalmente presente. ¿Preparado?
A lo largo de este texto he intentado trasladar al papel una idea fundamental que gravita más o menos explícitamente en la obra de Pulido. He creído percibir claramente un discurso, que desde diferentes ángulos, analiza algo que ya es de urgente actualidad: que el presente ordenamiento mundial se basa en un sistema económico en el que el intercambio desigual entre los más fuertes y los más débiles está asociado a relaciones asimétricas de poder que agudizan las diferencias, y al tiempo que los fuertes se enriquecen más, los débiles crecen en número y se hunden todavía más en su pobreza. Algo inviable desde el más simple sentido común y que augura un futuro insostenible tanto para la humanidad como para el planeta.
Pero ¿cómo abolir este sistema sin regresar de nuevo a una relación de servidumbre y dominación? Nos resulta tan difícil concebir un sistema diferente como predecir el futuro. Pero en cualquier caso, el «ruido de fondo» (del que tan acertadamente nos ilustró Don DeLillo) que nos imponen desde arriba para que todo sea más complicado, no parece que nos ayude demasiado. El filósofo y psicoanalista esloveno Slavoj Žižek nos previene: «En el siglo XX, quizás hemos tratado de cambiar el mundo muy rápidamente. Es tiempo de interpretarlo de nuevo, de empezar a pensar.» Una buena forma de prepararnos para pensar con más claridad es meditar; resetear nuestras cabezas abrumadas por estímulos constantes y salir del aturdimiento de la sobreinformación para ver más claramente y tomar decisiones acertadas.
Estas piezas de Javier Pulido, que por su estética, a menudo nos remiten al momento en que Thích Quảng Ðức tomó su trágica decisión, nos han hecho recordar (y con esto cerramos el círculo abierto al comienzo de esta reflexión) aquellos años, que más arriba adjetivaba de ilusorios, en los que se pusieron de moda las teorías astrológicas que anunciaban la llegada de una nueva era. No se trataba más que de un conjunto de creencias que partían de la premisa de que los fenómenos astronómicos influían en los asuntos humanos. Teorías que por supuesto carecían de sustento científico alguno. No obstante, no fueron pocas las obras literarias, musicales o cinematográficas que abundaron entonces sobre estos temas y anunciaban ilusionadas el advenimiento de esta nueva era que cambiaría radicalmente el panorama en todos los ámbitos de la vida. La Era de Acuario, la llamaban.
Sin el buenismo rayano en la más pueril de las ingenuidades que muchas de aquellas manifestaciones artísticas de los años sesenta compartían, creo que en cierto modo, ahora que parece que el discurso del tránsito necesario hacia otro modelo de existencia vuelve a cobrar presencia en nuestro debate cotidiano, la obra que podemos contemplar en esta estupenda exposición de mi amigo Javier Pulido, recupera lo más estimulante de aquella ilusión y nos hace reflexionar para tomar conciencia del momento actual.
Déjenme antes de que se adentren en la contemplación de estas hermosas piezas, si no lo han hecho ya, que parafraseando a mi admirado y querido profesor de yoga y meditación, Ramiro Calle, me despida de ustedes con estas palabras suyas:
«No penséis, no analicéis, no reflexionéis. Atentos y serenos. Atentos y serenos.»

Rafael Preciados Alcalde
(Daimús, Valencia, agosto de 2016)

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