Enjambre a ciegas

ÓSCAR ALONSO MOLINA

Éste es el laberinto más extraño que nunca ha pisado nadie. Y en este asunto hay más de lo que jamás ha contenido la naturaleza. Algún oráculo tendrá que ayudar a nuestro conocimiento.

William Shakespeare –La tempestad-

 

La amenaza se organiza, eso parece, y lo que hasta hace poco era un barroco retablo de la pasión y el dolor, una vanitas presidida por la horrible mueca de la calavera, símbolo estremecedor del sonido y la furia, se está transformando en escenarios a cada paso más complejos e intrincados, donde vemos desenvolverse al hombre más allá de sus límites radicales. En efecto, las figuras que pululan por ellos se afanan, hiperactivas, en tareas un tanto misteriosas, huyen de su biología, aspiran a organizar comunidades, lazos emocionales y afectivos, por terribles que estos sean todavía… Cuanto emprenden esas siluetas negras lo hacen más allá de aquellas pasiones extremas que las dominaban por completo en la anterior etapa; porque sólo a partir del momento en que la muerte se retira discretamente del primer plano, el escenario de la comedia humana puede poblarse de multitud de nuevos sentidos y relaciones más sutiles, donde el proceso civilizador conquista parcelas inéditas que no parecen inmediatamente ligadas a la brutalidad más primitiva o la férrea voluntad de lo arcano. Así pues, el significado de la vida se refina: la tecnología hace presencia, los escenarios colectivos se dilatan, el poder aprende a enmascararse tras un traje de chaqueta, una corbata, una pantalla, unas maneras… De este modo, las negras siluetas protagonistas son, en verdad, contraluces: planos cortados –¡literalmente!- y en negativo, empeñados en evidenciar abusos y situaciones intolerables, argumentos increíbles, injusticias y desmanes, juego sucio. Los últimos collages de Javier Pulido que ahora presenta en Santander son, una vez más, impecables e implacables, y no obstante no puedo dejar de percibirlos como un movimiento de transición que va de las cuencas vacías en los cráneos repelados, omnipresentes ayer, a la bulliciosa maquinación de una colmena febril que no duerme; del presentimiento a su constatación; del dentro al afuera. “Si verdaderamente fijamos la mirada en los ojos del otro –dice Agamben-, vemos tan poco de él que, es más, aquellos nos devuelven nuestra imagen en miniatura, de donde saca su nombre la pupila”. Hormigueante y como a escala, la civilización ciega que nuestro artista retrata en su obra reciente palpita y avanza, construye artificios, edifica, cablea, tiende redes, emite señales, llamativas señales que no parecen ser miradas desde allí dentro…; aunque quizá tampoco esperan que nadie se detenga desde fuera mucho sobre ellas. ¿No fue, precisamente, Agamben quien llamó al punto de inervación del ojo, ciego por definición, “esa gota de tiniebla”? Un “retraso” que, añadía, es el ser.

 

Ó.A.M. [Madrid-Sevilla, octubre de 2009]

 

 

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