EL ECO DE UN CUADRO

 

Experiencia estética y búsqueda de lo insólito se funden en mi propia exploración del lenguaje de las formas. Para dar cuenta del modo en que mis obras surgen y progresivamente van elaborándose hasta constituirse en imágenes o ideas que, por la ambigüedad o la multiplicidad de los posibles sentidos, se presentan siempre como problemáticas, es necesario precisar qué entiendo por acto creativo y cómo mi relación tanto con la obra definitiva como con su proceso condiciona el resultado final.
Reconstrucción, diálogo y disolución serían posibles términos capaces de reflejar la idea que tengo de mi propia obra, concebida al mismo tiempo como realización última y como actividad de exteriorización de un proceso subjetivo mediante el cual imágenes e interrogaciones con frecuencia paródica, en relación con pulsiones y comportamientos azarosos, crean un paisaje de formas, de fragmentos, una gramática en constante movimiento de desintegración y recomposición que configura el universo estético en el que me desenvuelvo.

¿Cuáles son y dónde están los límites de la obra, o de mi obra? ¿Qué relaciones se establecen entre las figuras, la intensidad de los colores y las sonoridades y silencios que surgen de éstos? ¿El progresivo deslizamiento de las imágenes hacia la abstracción, la confusión de planos, espacios y volúmenes, las contraposiciones en las estructuras, dan lugar a intercambios de significados que no se apoyen en ningún referente estable?

¿Cómo superar con soluciones originales el riesgo implícito en un acto creativo que maneja referencias o procedimientos estéticos de una determinada cultura? ¿Es capaz ese mismo diálogo orgánico, favorecido por la inestabilidad de las formas, por la dispersión de los elementos o por la duplicidad de las figuras de inquietar a quien lo observa?

Pues aquí es ciertamente donde reside el impulso creativo de mis ficciones visuales. Transmitir una sensación de inquietud a través de composiciones tumultuosas o, por el contrario, serenas que juegan a duplicarse en procesos de enmascaramientos y desenmascaramientos. Acercarse a las realidades más diminutas de las piezas para dar vida a unos personajes que forman parte de un teatro de sombras chinescas. Y alejarse introduciendo desproporciones en los tamaños, desequilibrios en las relaciones de las figuras, coexistencias antagónicas entre ingenuidades y perfiles dramáticos que contrastan e ironizan en las cercanías del kitsch. Todo ello en una búsqueda de la quietud, en una unión anhelada de momentos dispersos que constituyen cuadros con aspecto de piezas, integradas a su vez por otras piezas que conforman un puzzle de significados.

Javier Pulido
Madrid, 2003

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